El blog de Elisa Bayo

Mi tía Angustias VIII: Agüita de limón

Posted in Y tal y tal by Elisa Bayo on 18 abril 2026

Hay dos máximas a seguir para no ponerse mala nunca, según mi tía Angustias: lavarse las manos y vigilar que el pis tenga el color de la agüita de limón.

Resulta que cuando mi tía Angustias era pequeña, hubo tifus en Yémeda, y el médico de Cardenete dijo que había que lavarse bien las manos después de tocar cualquier cosa y antes de comer. Así que mi tía, convencida de que la gente se moría por sucia, ha seguido esa instrucción como si cada año tuviera revisión con aquel médico de la posguerra.

Paréntesis: Ahora, siempre que en el bar veo a un hombre salir del váter subiéndose la bragueta, pienso en mi tía Angustias y en que en las estadísticas sobre por qué las mujeres son más longevas que los hombres deberían añadir la variable de la higiene de manos. Cierro paréntesis. Sigo.

Lo otro le viene de su sobrina la Charo, la médica. Para los cristianos, en general, está la palabra de Dios y para mi tía Angustias, en particular, la palabra de la prima Charo. Así que lo tiene muy presente, especialmente cuando vamos al médico y repasa todas las cosas que hace bien: «La orina tiene que salir como agüita de limón, que es el color que tiene la orina de las monjas y esas mujeres viven más que Matusalén. Y mira, mira el bote qué transparente, ¿ves?». Otros análisis que serán pan comido.

La familia Valladolid ha sido muy del corazón, así que a mi tía Angustias le dio un infarto en el Otoño del 19. Empezó a dolerle el pecho y pasó toda la noche sin pegar ojo y sin avisar. Por la mañana, se levantó, se vistió e hizo la cama. Porque antes que cualquier emergencia, una tiene que ponerse muda limpia y dejar su casa arreglada, no vaya a tener que entrar cualquiera y vaya a pensar que una es una guarra. Luego llamó a la mujer de su sobrino: mi madre.

En Urgencias, la enfermera torció el morro (torcer el morro = desacuerdo) cuando le dijimos que traíamos a la tía con un infarto. En cuanto la vieron, la ingresaron en la UCI.

Y ahí estaba la tía. Otra vez sin bragas y esta vez, además, sin móvil y sin peine. Mi hermana y yo nos hemos quedado con la duda de qué habría elegido de las tres cosas si le hubieran dejado, y ambas coincidimos en que la última opción habrían sido las bragas.

Lo que siguió a continuación fueron algunos de los días más felices de la tía. Como parecía que empeoraba y la tenían que operar en Albacete, se la tuvieron que llevar en la ambulancia. La primera maravilla fue el chófer, un muchacho muy tratable que pasó a la UCI a presentarse. Y la segunda, el acompañante: nada menos que el presidente del Colegio de Médicos, que estaba de turno, claro, y le tocó. Lo tenía todo: alto, guapo y tratable. Así que el viaje, a las dos de la madrugada, fue la mar de agradable.

Los días siguientes a la operación no se quedaron atrás. Como a cada hora venían a revisarle las televisiones y los cables, y todo el mundo le preguntaba que qué tal estaba, qué le apetecía de comer y las enfermeras nos dejaban quedarnos un ratillo más después, estaba encantada. Además, el menú estaba mil mundos mejor que el del hospital de Cuenca.

Encima, las hijas de su hermano «Felis», que siempre están atareadísimas las pobrecicas y bastante tienen con sus cosas en un Valencia, que en esas ciudades tan granduscas todo está larguismo que yo no sé cómo puede vivir la gente allí, estuvieron cuidándola tan requetebién, y ella pudo presentarnos a toda la plantilla de la UCI que eran unas muchachas majísimas y muy buenas profesionales que le daban una toallita fresca para lavarse las manos antes de comer y chequeaban con una amable sonrisa a petición de la paciente que el pis mantuviera el color de la agüita de limón.

Así que ya no volvió a acordarse de las bragas pero sí que echaba de menos el móvil para llamar ella directamente y contar que estaba en la gloria.

La tía Angustias se murió el mayo siguiente, con 90 años. Al salir de la UCI se vino una temporada con mis padres hasta que se recuperara del todo pero pilló la pandemia. Empezó a apagarse despacio, con mucho pesar por no poder volver a su casa por el confinamiento. Deberían explicarnos mejor la gran variedad de plazos que usa la muerte. Creo que mi tía estuvo meses.

Mi padre piensa que mi tía estuvo muy acertada con morirse en la pandemia porque como casi no podía ir nadie a los tanatorios, no se llenó aquello de gente diciendo tontás que nada tienen que ver con la muerta. Así que fue una despedida muy tranquila (y, como muy bien recalca mi padre cada vez que lo recuerda, sin que viniera nadie «a tocar los cojones, cagüendios»), que es lo que uno necesita en estos tránsitos con Dios nuestro Señor.

Curiosamente, la tía Angustias no quiso que la enterraran en Cardenete, con su marido; ni en Yémeda, con sus padres. Quiso Villalba, en un nicho muy apañado que cuando vas a verla tienes las mejores vistas del pueblo. Igual que su piso de Carretería. Además, el nicho es mucho más práctico: se limpia en un plis y no hay tanto engorro con las flores.

Me ha costado estos años volver a escribir de la tía porque, para seguir contándola viva, tenía que pasar por este capítulo de la muerte. Y se me hacía bola. Hasta que hoy, pensando en otro adiós, lo vi claro, claro y, al hacer pis, salió como agüita de limón.

La abuela de Millás tiene un bingo clandestino

Posted in Y tal y tal by Elisa Bayo on 19 febrero 2026

La abuela de Millás tiene un bingo clandestino con las bolas de madera que le truca el carpintero.

71, 10, 11, 1, 84, 2, 55, 51, 12, 43

El bingo tiene el bombo de hojalata. Cuando la abuela le da vueltas, suena como la uralita al golpear el granizo.

49, 39, 81, 3, 41, 88, 72, 4, 89

La abuela troquela sus propios cartones y ya casi tiene las perlas para una imprenta. Firmará con la D, de Dora, que tampoco se pueden dar pistas demasiado obvias con estas cosas.

66, 23, 61, 75, 33, 13, 8, 6

Por las mañanas, acuden las señoras de los señores que acuden por las noches: las mistelas no se cruzan con el coñác aunque algún anís se entrega al sol y sombra.

9, 56, 30, 4, 57, 52, 44

Cuatro cartones, un real (cinco, para las de la mistela). Que no digo que sea barato, pero el local tiene el tamaño que tiene y ya me gustaría a mí que pudiera jugar todo el mundo.

20, 11, 78, 40, 17, 19

Algunas se empeñan y se empeñan y la abuela les fía y les fía hasta que ya no se fía y por una peseta y media tiene otras tres sayas hermosísimas.

80, 62, 53, 7, 12

En las noches de mucha agua aflojan más todavía porque los señores se atufan en la topera hasta que el 66 se tropieza con el 86. Parece que no escampa, ¿te apuestas a que está granizando? Y terminan apostando a casi todo y la abuela ya abrillanta las perlas.

68, 2, 14, 47

D ha encontrado la forma de que muchas veces gane la casa y alguna, claro, el carpintero.

50, 83, 21

¡Bingo! ¡Han cantado bingo!

La abuela de Millás no fumarrea ni se pinta las uñas de los pies. Le habría caído bien a mi abuela Valentina.

La carrera

Posted in Y tal y tal by Elisa Bayo on 9 febrero 2026

Pisando el acelerador hasta la peligrosa velocidad de 90 kilómetros por hora me jugaba el tipo esta mañana en una misión imposible en el tiempo que termina la procesión y pronuncian el último ‘amén’ de la misa. Ahí, mientras el pueblo entero -tres curas, dos guardias civiles, el alcalde, el político invitado, la comisión de festejos, la banda de música y los vecinos en general- caminaba en solemne desfile religioso detrás de la figura de la Virgen de la Natividad, nadie podía sospechar la catástrofe que se cernía sobre sus cabezas: Por primera vez, la invitación a la zurra no tendría megafonía. Adiós a los pasodobles, las rumbas, el discurso oficial y el imprescindible «los pequeños no pueden beber zurra. Hay biosolán».

Observación: Desde hace más de cuarenta años, los políticos sólo vienen al pueblo a dos cosas: Hablar de las pensiones y las subvenciones de las pipas en campaña electoral y a caminar detrás de la virgen en las fiestas.

Adelanto al del Frigo, cojo la recta de la Vega Don Sancho, paso los tubos, encarrilo el Entrepinos, el Ventorro rojigualda, cada año, más rojo y más gualda que me quedo pensando en cómo puede ser eso compatible pero renuncio a iniciar la reflexión porque en el cruce del Chantre tengo que decidir si tiro por la hoz (y bajo a 70 pero me ahorro la entrada de semáforos y disfruto de un bucólico y colorido recorrido entre el río Júcar y las espectaculares paredes de rocas esculpidas por la Naturaleza durante millones de años) oooooooooooo sigo por la carretera nueva con sus vacas y sus tuodos* por el alto de Embid. Seguro que don Toribio ya ha empezado el sermón. Escojo la segunda opción porque después es cuestabajo y el coche se empatilla, que diría la tía Angustias mientras se agarra con fuerza a la manilla de la puerta, y si te descuidas se pone a 100 por hora -una velocidad del demonio- pero como le metes punto muerto te ahorras casi un kilómetro de gasoil.

Los sinsangre que van delante hacen saltar por los aires mis esperanzas. Caravana de urbanitas a 80 y estamos a punto de llegar a la rotonda. «Bueno, prudencia, podría habernos salido un corzo y matarnos todos por el fatal choque en cadena al esquivar el bicho», me consuelo, y don Toribio ya debe de estar rezando el Padrenuestro.

En Cuenca, me como todos los semáforos en rojo mientras observo otra procesión: el desfile de muletas y tacatás seniors por los pasos de cebra al estilo Abbey Road Beatles. Relajo el pie. Qué triste es la dependencia en soledad. Me pita el de atrás antes de que se ponga en verde porque lleva más prisa que yo por llegar a ningún sitio. A estas alturas don Toribio fijo que ya está repartiendo hostias.

Subo la rueda derecha del Corsa a la acera, freno de mano, intermitentes de emergencia y entro a la tienda de música como si llegara la ambulancia a las Urgencias del hospital a las 4 de la madrugada con una parada cardiorespiratoria mientras doy gracias a la Virgen de la Natividad porque no hay ningún cliente delante -y a San Cristóbal por no haberme estrellado contra un corzo, claro.

Hago contacto visual con el vendedor pese a sus esfuerzos por no verme. Pongo el cable encima del mostrador y le digo que necesito otro RCA a XLR. Él me mira con cara de «¿Pero tú qué sabrás si no tienes colilla?» Desaparece por la puerta de la trastienda sin mediar palabra. A los 10 segundos, que a mí se me hacen una eternidad y tres cuartos, vuelve con el cable solicitado y el aire de superioridad del que te sabe en su casa donde manda él y eso está mil metros por encima del trato cordial y la propia venta. Pago y me suena el móvil.

– Prima – dice mi primo Dani, encargado de la música del piscolabis festivo – Oye, sube tranquila, que se está retrasando la caldereta y no han traído aún la zurra.

Las piernas me flojean y noto un ligero vahído a lo heroína de Jane Austen. Me monto en el coche y me tomo unos segundos para repasar el frenético viaje. No hay tiempo. La policía local, en el carril contrario, frena y trata de hacer conmigo el contacto visual que yo evito.

Podéis ir en paz… o ya veremos.

*Nota: En la dehesa hay vacas y tuodos, según nos explicó mi sobrina Nuria a los tres años («Mida tía: vaca, tuodo, tuodo, tuodo, vaca, vaca..») y también nos enseño a distinguirlos: «los tuodos son nuegos; y las vacas, maduones».

Escassi

Posted in Y tal y tal by Elisa Bayo on 2 julio 2025

Tercera vez en esta semana que tiene que salir la Rafi a desmentir lo suyo con el Escassi. Él está muy apurao y ha venido enseguida a darme explicaciones: que solo han sido conversaciones inocentes al salir del súper, de la carnicería, del Ferran, de la iglesia, del cementerio, de la Casa de la Cultura, bajando de la vereda, en la peguera, la chindarga, debajo del puente del Nelia y en la caseta de pescadores. Y lo mismo con la chacha Maite, que qué bien canta el coro, que lo mismo se apunta, que le encantaría tocar la guitarra, el cajón flamenco y la botella de anís del mono, y que a ver si un día le enseña la vivienda tutelada.

Las mujeres, las mujeres, no se le quitan de la cabeza las mujeres. Ya le hemos recalcao que, como norma general, las relaciones en los pueblos, o cerradas o entornás, pero abiertas, no, porque aquí te tienes que saludar a diario con todo el mundo y es un cachondeo, no como en la capital, que si no quieres no le ves la cara al cura fuera de misa.

Os sitúo: Álvaro Muñoz Escassi lo ha dejado todo por amor a mi perfil de Instagram y se ha venido al pueblo. Para que no se nos muriera en el trasplante, lo hemos ido asomando al Cambrón, como allí va la infanta emérita y también jinetea, pero no se nos aclimata, y eso que navegamos en canoa por la Toba, le untamos aguacate al zarajo y la familia ha aprendido a decir reel. Le he dicho a Juanito que le deje el burro un rato, a ver si el trote por el brezal le relaja. Mi padre se lo ha llevao a por patatas al prao y mi hermano de espera, pero no termina de echar luces. Se quedó una tarde con el Viñu por si en su finca del Júcar se esporrinaba, y ayer bajamos al aeródromo de Sotos a respirar yetset, pero ni con esas.

Así que entre eso, y que el pobre no le coge la medida al famoseo rural… Aquí cualquiera puede ser portada del bando móvil. Se pone a pelar la pava con una que está escoscando cuatro pipas en la chopera y ya tenemos clickbait: «La alcaldesa y el sorprendente romance del verano». Hala, otro desmentido.

Le he propuesto que, cuando no estemos de postureo en el Ventano, se vaya a entornar a Portilla que, quieras que no, tiene otro aire. Pero me mira con esos ojos inmensos de tristeza y añoranza al asfalto y a paparazzis de verdad, que ni un principio de cataratas puede ocultar. Así que estoy preparando el comunicado conjunto de separación amistosa que me está costando horrores escribir. Se me hacen ovillo los reglones con un caballero tan caballero, tan alto, tan tratable

Él sabe que siempre tendrá aquí su casa, en el corral, con los perros.

Bolilleras,

Posted in Cuentos feministas by Elisa Bayo on 21 junio 2024

…las manos que mueven los hilos.

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