El blog de Elisa Bayo

Clandestina

Posted in 2016 by Elisa Bayo on 30 marzo 2016

tijeras

Son sórdidas y oscuras, con tuberías llorosas de gotas que caen al ritmo de la tortura. Las luces azules achicharran una mosca atontada una vez o dos veces al verano y los insectos caminan rodeando las esquinas roñosas y almohadilladas por los ovillos de pelos y canas.

Y ahí está ella, observando las manos-tijeras cortando esos largos cabellos azabache, manto guardián del secreto y el pecado. Si el pueblo lo supiera… ay, si lo supiera. El cráneo de esa melena sería señalado, apartado, vuelto a señalar y recordado por su delito por los siglos de los siglos. Y su familia, ¿soportaría la vergüenza?

Los tijeretazos de ese pájaro loco que la mira intermitentemente entre los dedos de su dueña le retumban en la cabeza como cuchillas de guillotina. Intenta aguantar el tipo y busca el consuelo pensando que ésa es la mejor decisión: cortar por lo sano.

Son sórdidas y oscuras, y también muy húmedas. Las peluquerías clandestinas se esconden invisibles, pero existen. Así que ya sabes ¡con lo difícil que es encontrar una peluquera que te quite la piojera!

 

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Cuarenta y cuatro velas

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 2 marzo 2016

Frente a la tarta, cerró los ojos y, por primera vez, sopló las velas de su cuadragésimo cuarto cumpleaños pidiendo un repentino deseo: “Que se mueran los demagogos”. A la mañana siguiente no hubo gobierno, ni retransmisión del partido, ni conductor del autobús, ni parroquianos en el bar… Sí hubo entierros. Más de un millón.

Polno

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 22 febrero 2016

20160219_155054.jpgLos chinos nos tienen calaos ¿Cómo que se extinguen las videotecas? ¿y el “polno” qué? Al almacén del todo a cien.

Mi tía Angustias (VII)

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 28 junio 2015

“Ay, hija mía. Estoy fatal de la vista. Mira, no veo las letras de cartel de allí enfrente. Me tapo un ojo y no leo nada. Ahora me tapo el otro, y tampoco distingo lo que pone. No veo ni gota.”, así se estaba autodiagnosticando mi tía Angustias unos minutos antes de pasar al quirófano para operarse de… “¿De qué es la operación, tía?” “De tacaratas, caratacas, cacaratas… ¡como se diga!” Intento hacer su prueba. Yo tampoco veo el cartel, y también llevo gafas.

Esta vez la cosa es seria: No ve enhebrar la aguja a sus 85 años. Así que no le queda más remedio que operarse de la vista, una cosa que le da entre miedo y gusto. Primero de un ojo, el izquierdo, y a los seis meses del otro. No quiso que le programaran de los a la vez por si el asunto salía mal y se quedaba ciega, aunque ella jamás ha oído que nadie se quede ciego por una operación de taca… ¡ay!

Cuando nos dijo que la habían llamado para operarse, mi familia montó un consejo de sanidad  con carácter de urgencia para evaluar la idoneidad o no de la operación, ya que hacía poco que había pasado lo del “trompo” y la piedra en el riñón. Pero como ella estaba empeñada en quitarse las caratacas, ¡joer!, hizo caso omiso a la sugerencia de posponer la intervención quirúrgica hasta que estuviera totalmente recuperada de lo demás.

Día D. Hora H. El doctor Navarro, quien la ha tratado prácticamente media vida, ya está preparado para la cirugía. La tía entra y sale en un “visto y no visto”. Vamos, que vale más la envoltura que la criatura. “Uy, ¡qué claridad! ¿Será posible? ¡Qué bien veo!” El resto de pacientes de la sala la mira de mala manera, básicamente porque el que no tiene cacata… ¡jo!, le pasa algo peor. “Venga, vámonos a desayunar, que te invito” me dice toda contenta.

Ahora sólo le queda echarse dos clases de gotas cuatro veces al día con un intervalo de diez minutos entre un bote y otro. De eso se encarga mi hermana, capaz de acertarte aunque cierres el ojo y muevas la cabeza. No veas la práctica que se coge después de estar semanas y semanas echándole las gotas a Blanquita, la única gata tuerta que hemos tenido.

Seis meses después, la tía lo ve todo clarísimo. Se ha vuelto a graduar la vista y ha renovado sus gafas de cerca y de lejos en la Óptica Cristal, donde está doña Mari que es muy agradable y los muchachos que la atienden son muy tratables . “Ay Elisa ¡Qué bien veo de cerca! Leo las letras chiquitizcas del periódico. Y enhebro la aguja a la segunda”.

 

 

Mi tía Angustias VI: El sintrón

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 28 febrero 2015

Podría titular una película futurista o acuñar el último invento en física nuclear, sin embargo, este nombrecillo es únicamente el dato más desapercibido de la Sanidad española ¿cuántos viejos hay en este país tomando sintrom? (a partir de ahora sintrón, porque no hay nadie de los Pirineos para abajo que pronuncie una eme al final de una palabra). A mi tía Angustias se lo recetaron al salir del hospital, para que se le curara el “trompo” de la pierna. Desde entonces, una vez al mes nos vamos de marcha al centro de salud a que le controlen el espesor de la sangre, y ya de paso se toma la tensión, se pesa, le vuelven a pinchar para mirarle el azúcar… una ITV en toda regla, vamos. Ella está encantada porque, además de saludar al médico nuevo, que es muy tratable, en la sala de espera donde a las ocho y media de la mañana se concentra la media de edad más alta de la ciudad por metro cuadrado, se encuentra con los amigos, conocidos y “su cara me suena” de Carretería: “Mira, ése es el señor Vicente, que me puso el cuarto de baño hace muchísimos años”, “¿Viene usté también al sintrón, señor Vicente?” “y a esta mujer la “conozgo” yo de vernos por Carretería”.

La mujer a la que se refiere mi tía se llama Lucía porque tuvo una hermana que nació el día de Santa Lucía pero sus padres no la quisieron bautizar con ese nombre, así que después nació ella también dicho día y entonces los padres dijeron: “Ea, quiere Dios que tengamos una Lucía”, así que le pusieron Lucía.  Siempre viene acompañada por alguna hija. Por lo bajini, mi tía me susurra “Mira, hoy ha venido con la de los ojos que parecen que se le van a explotar. Da miedo ¿eh?”. Al momento, mi tía entabla conversación con Lucía quien, hasta lo del sintrón, nunca antes, en sus 95 años de vida, había tenido que ir al médico, “oiga, y todos estos que estamos aquí estamos esperando para el sintrón, ay qué ver”, y repasan dónde viven y qué pequeña era Cuenca hace casi un siglo cuando todo eran choperas y fábricas de madera y Lucía vivía en las casas viejas que había detrás de Hacienda, donde estaban las planchadoras y la tía curandera.

También comentan cómo se pierde memoria con los años: “El mes pasado no estuvo el médico porque tenía un viaje. Mari, vamos las terceras” le recuerda Lucía a su hija cuando ésta vuelve del servicio. “Ya no sé lo que iba a decir. Todo se me olvida.”

Podría ser el nombre de un planeta o de un robot en misión espacial pero sólo es un cuarto de pastilla a tomar los días señalados en la hoja.

Mi tía Angustias (V)

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 10 septiembre 2014

Mi tía Angustias se ha alegrado de la muerte de Emilio Botín: Ese señor tan mayor y tan rico se ha muerto antes que ella, que es algo más vieja e infinitamente menos acaudalada. La noticia se la he dado yo en el hospital, donde está estos días ingresada para que le hagan “unas pruebas” y a ver si echa una piedra del riñón. Ha hecho muy buenas migas con su compañera de habitación, Fructuosa, que tiene 94 años (los cumple el mes que viene), tres hijos, no recuerdo cuántos nietos, seis biznietos y vive en la Puebla de Almenara, donde estos días celebran las fiestas patronales en honor a una virgen cuyo manto de piedras preciosas fue donado el siglo pasado por un cura que estaba en América. A Fructuosa también la ingresaron para hacerle pruebas y hoy le han dado el alta. Mi tía la va a echar de menos porque, como ninguna de las dos estaba lo que se dice realmente mala, y para ambas era la primera vez que las metían en un sanatorio, han empatizado mucho compartiendo primeras experiencias vitales: la primera vez que orinas en una cuña, la primera vez que vistes con un camisón, sin bragas y con el culo al aire, la primera vez que te torturan a comer una dieta blanda y astringente…

La estrategia de Fructuosa para salir antes de la residencia ha sido decirle a todo el mundo que estaba perfecta y que no le dolía nada. La de mi tía, obedecer con disciplina marcial las indicaciones de la médica, una mujer muy amable que le ha explicado divinamente las cosas. El único problema de mi tía estos días ha sido “el mal”, otro de esos conceptos que sólo las viejas dominan. A ella, en realidad, no le dolía el riñón, sino que a veces, cuando le tocaban o se movía, se hacía “mucho mal”. Técnicamente, no padecía, aunque al subirla a la cama exclamaba con la cara descompuesta “¡Ay qué mal, ay qué mal, ay qué mal!”

Ambas han soportado muy bien a las visitas, esas que dedican los diez minutos que pasan contigo a decirte  qué has hecho mal para estar así de enferma y cuáles son tus obligaciones a partir de ahora para curarte. “Qué bien le habla el sano al enfermo” contestaba con rintintín Fructuosa. Ella también se ha alegrado de lo del banquero. “Ea. Los ricos también se mueren”.

Ninguna de las dos ha visto la tele ni oído la radio en estos días. Entre electrocardiogramas, pinchazos en la tripa y análisis de orina, han hablado de sus maridos muertos, sus pueblos y lo bien que está el menú del hospital cuando los médicos les han cambiado esa guarrería de dieta por comida como Dios manda tras comprobar que las dos estás como una rosa. “Angustias, esto es vida ¿eh?”, le ha dicho Fructusa a mi tía mientras compartían una merienda de café con leche y galletas, sentadas en sus camas, una frente a la otra, con los pelos del “cocote” chafaos, sus camisones de lunares y culo al aire, y las piernas colgando a tres palmos del suelo columpiándose rítmicamente con esos pies de callos, juanetes y ojos de pollo. Como dos chiquillas con zapatos nuevos.

 

Mi tía Angustias (IV)

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 3 junio 2014

nube
Dicen los psicólogos que los miedos no son innatos, sino que se aprenden. Mi tía Angustias le tiembla al aparato “elétrico”. Su padre trabajaba en la central hidroeléctrica de Yémeda, así que mi tía y mi abuela Petra crecieron entre bobinas, generadores y un terror atroz a las tormentas. Siempre han tratado de infundirnos dicho temor así que cuando veraneábamos en el pueblo de mis abuelos y amenazaban rayos y truenos, en la típica tormenta de agosto, vamos, se apagaban todas las luces de la casa y la radio (entonces no teníamos televisión, el “Un, dos, tres” lo veíamos en casa del tío Teódulo). Y ahí nos quedábamos mis hermanos y yo, a oscuras, desconectados de la actualidad nacional e internacional, y sentados durante por lo menos media hora eterna en las sillas de anea de la cocinilla con los pies puestos en las trabas (de madera, claro) y sin poder apoyarlos en el suelo, no fuera a ser que, en un segundo, cayera un rayo asesino y muríeramos electrocutados como, a buen seguro, en algún lugar del mundo algún grupo de hermanos habría muerto alguna vez en casa de sus yayos.

Mis abuelos también tomaban sus propias medidas para disipar la tormenta. Mi abuelo Rufo, desafiando a los elementos, salía a la calle con el hachuelo para “cortar la nube”, una acción que ya podría estar registrada en los libros de antropología pero de la que yo no he hallado documento explicativo alguno, aunque la Mira, una chica de Rumanía que vive en el pueblo de al lado, dice que eso mismo hacen también en su país. Fascinante.