El blog de Elisa Bayo

Polno

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 22 febrero 2016

20160219_155054.jpgLos chinos nos tienen calaos ¿Cómo que se extinguen las videotecas? ¿y el “polno” qué? Al almacén del todo a cien.

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Mi tía Angustias (VII)

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 28 junio 2015

“Ay, hija mía. Estoy fatal de la vista. Mira, no veo las letras de cartel de allí enfrente. Me tapo un ojo y no leo nada. Ahora me tapo el otro, y tampoco distingo lo que pone. No veo ni gota.”, así se estaba autodiagnosticando mi tía Angustias unos minutos antes de pasar al quirófano para operarse de… “¿De qué es la operación, tía?” “De tacaratas, caratacas, cacaratas… ¡como se diga!” Intento hacer su prueba. Yo tampoco veo el cartel, y también llevo gafas.

Esta vez la cosa es seria: No ve enhebrar la aguja a sus 85 años. Así que no le queda más remedio que operarse de la vista, una cosa que le da entre miedo y gusto. Primero de un ojo, el izquierdo, y a los seis meses del otro. No quiso que le programaran de los a la vez por si el asunto salía mal y se quedaba ciega, aunque ella jamás ha oído que nadie se quede ciego por una operación de taca… ¡ay!

Cuando nos dijo que la habían llamado para operarse, mi familia montó un consejo de sanidad  con carácter de urgencia para evaluar la idoneidad o no de la operación, ya que hacía poco que había pasado lo del “trompo” y la piedra en el riñón. Pero como ella estaba empeñada en quitarse las caratacas, ¡joer!, hizo caso omiso a la sugerencia de posponer la intervención quirúrgica hasta que estuviera totalmente recuperada de lo demás.

Día D. Hora H. El doctor Navarro, quien la ha tratado prácticamente media vida, ya está preparado para la cirugía. La tía entra y sale en un “visto y no visto”. Vamos, que vale más la envoltura que la criatura. “Uy, ¡qué claridad! ¿Será posible? ¡Qué bien veo!” El resto de pacientes de la sala la mira de mala manera, básicamente porque el que no tiene cacata… ¡jo!, le pasa algo peor. “Venga, vámonos a desayunar, que te invito” me dice toda contenta.

Ahora sólo le queda echarse dos clases de gotas cuatro veces al día con un intervalo de diez minutos entre un bote y otro. De eso se encarga mi hermana, capaz de acertarte aunque cierres el ojo y muevas la cabeza. No veas la práctica que se coge después de estar semanas y semanas echándole las gotas a Blanquita, la única gata tuerta que hemos tenido.

Seis meses después, la tía lo ve todo clarísimo. Se ha vuelto a graduar la vista y ha renovado sus gafas de cerca y de lejos en la Óptica Cristal, donde está doña Mari que es muy agradable y los muchachos que la atienden son muy tratables . “Ay Elisa ¡Qué bien veo de cerca! Leo las letras chiquitizcas del periódico. Y enhebro la aguja a la segunda”.

 

 

Mi tía Angustias VI: El sintrón

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 28 febrero 2015

Podría titular una película futurista o acuñar el último invento en física nuclear, sin embargo, este nombrecillo es únicamente el dato más desapercibido de la Sanidad española ¿cuántos viejos hay en este país tomando sintrom? (a partir de ahora sintrón, porque no hay nadie de los Pirineos para abajo que pronuncie una eme al final de una palabra). A mi tía Angustias se lo recetaron al salir del hospital, para que se le curara el “trompo” de la pierna. Desde entonces, una vez al mes nos vamos de marcha al centro de salud a que le controlen el espesor de la sangre, y ya de paso se toma la tensión, se pesa, le vuelven a pinchar para mirarle el azúcar… una ITV en toda regla, vamos. Ella está encantada porque, además de saludar al médico nuevo, que es muy tratable, en la sala de espera donde a las ocho y media de la mañana se concentra la media de edad más alta de la ciudad por metro cuadrado, se encuentra con los amigos, conocidos y “su cara me suena” de Carretería: “Mira, ése es el señor Vicente, que me puso el cuarto de baño hace muchísimos años”, “¿Viene usté también al sintrón, señor Vicente?” “y a esta mujer la “conozgo” yo de vernos por Carretería”.

La mujer a la que se refiere mi tía se llama Lucía porque tuvo una hermana que nació el día de Santa Lucía pero sus padres no la quisieron bautizar con ese nombre, así que después nació ella también dicho día y entonces los padres dijeron: “Ea, quiere Dios que tengamos una Lucía”, así que le pusieron Lucía.  Siempre viene acompañada por alguna hija. Por lo bajini, mi tía me susurra “Mira, hoy ha venido con la de los ojos que parecen que se le van a explotar. Da miedo ¿eh?”. Al momento, mi tía entabla conversación con Lucía quien, hasta lo del sintrón, nunca antes, en sus 95 años de vida, había tenido que ir al médico, “oiga, y todos estos que estamos aquí estamos esperando para el sintrón, ay qué ver”, y repasan dónde viven y qué pequeña era Cuenca hace casi un siglo cuando todo eran choperas y fábricas de madera y Lucía vivía en las casas viejas que había detrás de Hacienda, donde estaban las planchadoras y la tía curandera.

También comentan cómo se pierde memoria con los años: “El mes pasado no estuvo el médico porque tenía un viaje. Mari, vamos las terceras” le recuerda Lucía a su hija cuando ésta vuelve del servicio. “Ya no sé lo que iba a decir. Todo se me olvida.”

Podría ser el nombre de un planeta o de un robot en misión espacial pero sólo es un cuarto de pastilla a tomar los días señalados en la hoja.

Mi tía Angustias (V)

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 10 septiembre 2014

Mi tía Angustias se ha alegrado de la muerte de Emilio Botín: Ese señor tan mayor y tan rico se ha muerto antes que ella, que es algo más vieja e infinitamente menos acaudalada. La noticia se la he dado yo en el hospital, donde está estos días ingresada para que le hagan “unas pruebas” y a ver si echa una piedra del riñón. Ha hecho muy buenas migas con su compañera de habitación, Fructuosa, que tiene 94 años (los cumple el mes que viene), tres hijos, no recuerdo cuántos nietos, seis biznietos y vive en la Puebla de Almenara, donde estos días celebran las fiestas patronales en honor a una virgen cuyo manto de piedras preciosas fue donado el siglo pasado por un cura que estaba en América. A Fructuosa también la ingresaron para hacerle pruebas y hoy le han dado el alta. Mi tía la va a echar de menos porque, como ninguna de las dos estaba lo que se dice realmente mala, y para ambas era la primera vez que las metían en un sanatorio, han empatizado mucho compartiendo primeras experiencias vitales: la primera vez que orinas en una cuña, la primera vez que vistes con un camisón, sin bragas y con el culo al aire, la primera vez que te torturan a comer una dieta blanda y astringente…

La estrategia de Fructuosa para salir antes de la residencia ha sido decirle a todo el mundo que estaba perfecta y que no le dolía nada. La de mi tía, obedecer con disciplina marcial las indicaciones de la médica, una mujer muy amable que le ha explicado divinamente las cosas. El único problema de mi tía estos días ha sido “el mal”, otro de esos conceptos que sólo las viejas dominan. A ella, en realidad, no le dolía el riñón, sino que a veces, cuando le tocaban o se movía, se hacía “mucho mal”. Técnicamente, no padecía, aunque al subirla a la cama exclamaba con la cara descompuesta “¡Ay qué mal, ay qué mal, ay qué mal!”

Ambas han soportado muy bien a las visitas, esas que dedican los diez minutos que pasan contigo a decirte  qué has hecho mal para estar así de enferma y cuáles son tus obligaciones a partir de ahora para curarte. “Qué bien le habla el sano al enfermo” contestaba con rintintín Fructuosa. Ella también se ha alegrado de lo del banquero. “Ea. Los ricos también se mueren”.

Ninguna de las dos ha visto la tele ni oído la radio en estos días. Entre electrocardiogramas, pinchazos en la tripa y análisis de orina, han hablado de sus maridos muertos, sus pueblos y lo bien que está el menú del hospital cuando los médicos les han cambiado esa guarrería de dieta por comida como Dios manda tras comprobar que las dos estás como una rosa. “Angustias, esto es vida ¿eh?”, le ha dicho Fructusa a mi tía mientras compartían una merienda de café con leche y galletas, sentadas en sus camas, una frente a la otra, con los pelos del “cocote” chafaos, sus camisones de lunares y culo al aire, y las piernas colgando a tres palmos del suelo columpiándose rítmicamente con esos pies de callos, juanetes y ojos de pollo. Como dos chiquillas con zapatos nuevos.

 

Mi tía Angustias (IV)

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 3 junio 2014

nube
Dicen los psicólogos que los miedos no son innatos, sino que se aprenden. Mi tía Angustias le tiembla al aparato “elétrico”. Su padre trabajaba en la central hidroeléctrica de Yémeda, así que mi tía y mi abuela Petra crecieron entre bobinas, generadores y un terror atroz a las tormentas. Siempre han tratado de infundirnos dicho temor así que cuando veraneábamos en el pueblo de mis abuelos y amenazaban rayos y truenos, en la típica tormenta de agosto, vamos, se apagaban todas las luces de la casa y la radio (entonces no teníamos televisión, el “Un, dos, tres” lo veíamos en casa del tío Teódulo). Y ahí nos quedábamos mis hermanos y yo, a oscuras, desconectados de la actualidad nacional e internacional, y sentados durante por lo menos media hora eterna en las sillas de anea de la cocinilla con los pies puestos en las trabas (de madera, claro) y sin poder apoyarlos en el suelo, no fuera a ser que, en un segundo, cayera un rayo asesino y muríeramos electrocutados como, a buen seguro, en algún lugar del mundo algún grupo de hermanos habría muerto alguna vez en casa de sus yayos.

Mis abuelos también tomaban sus propias medidas para disipar la tormenta. Mi abuelo Rufo, desafiando a los elementos, salía a la calle con el hachuelo para “cortar la nube”, una acción que ya podría estar registrada en los libros de antropología pero de la que yo no he hallado documento explicativo alguno, aunque la Mira, una chica de Rumanía que vive en el pueblo de al lado, dice que eso mismo hacen también en su país. Fascinante.

Mi tía Angustias (III)

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 5 febrero 2014

Otros menesteres me impiden dedicarle más tiempo a estos escritos pero no quería retrasar más la exposición aquí de un término muy empleado por mi tía Angustias a la hora de conjugar en una sola palabra las cualidades de una persona que,  mis queridísimos lectores (esto de escribir desde la distancia me hace poner estás expresiones atontás, perdonad), os invito a emplear: Tratable. Principalmente, mi tía usa este adjetivo para calificar al novio de la sobrina, resobrina y sobrina del farmacéutico, cuando el sujeto en cuestión no es ni muy alto ni muy guapo (o, más adecuadamente, “bien parecido”). Es tratable. Eso sí, el muchacho tiene que sonreír e interesarse por su estado de salud y darle conversación. Y ya, si le ofrece el brazo para dar un paseo por Carretería, entonces es muy tratable. 

No os quiero confundir, que en el podio de preferencias de mi tía en primer lugar están los altos  y después los guapos. La medalla de bronce es para los tratables. Le encanta que le presenten a un buen mozo, levantar la cabeza como si estuviera al pie del Everest y ajustarse las gafas tratando de comprobar que, efectivamente, el nuevo miembro de la familia suya o de la del farmacéutico podría pegarse en la cabeza con la lámpara de su comedor. Si no llega a torozarse el cuello, entonces trata de calibrar su belleza (ya sabéis, sin esos morros ni esas pelambreras que llevan ahora los tíos que parecen unos monos que asustan). 

“Tía, ¿Qué tal es el novio de la Yesi?” “Uy, muy tratable”. Eso quiere decir que no es alto ni guapo. 

“¿Has conocido ya al novio de la Laura?” “Sí, no veas qué alto es. Es altísimo”. No importa ya lo demás. 

Su hermana, mi abuela Petra, también utilizaba el término para referirse a los novios incluso de las nietas de su consuegra, es decir, mis primas. Entre los más tratables estaba Alfredo, el novio de mi prima Yolanda que además es muy alto y guapo (guapo de los de como Dios manda, claro, no con esos morros que salen en la tele) y tiene un hermano cardiólogo  clavadico a él que la trató de la angina de pecho y de no sé qué más. “Oye, es que era verle entrar por la puerta y me parecía que estaba viendo a Alfredo” decía mi abuela. “Qué tratable es el muchacho este también. Aunque es más tratable Alfredo”. Vamos, que mi abuela estaba en el hospital más contenta que unas castañuelas: alto, guapo, tratable y, como quien dice, de la familia. 

La verdad es que, aparte de mi tía y mi abuela, no he oído a nadie más referirse así a los tratables. Seguro que ahora podéis pensar en qué novios hay en vuestras familias que lo sean. Y tú, ¿crees que eres tratable? 

Y hablando de viejos…

Posted in Sin categoría by Elisa Bayo on 30 enero 2014

…que menuda racha llevo.  Mi abuela Valentina, que se murió con 98 años, cuando ya estaba con la demencia senil comenzaba a recordar cosas de su infancia y juventud y tenía verdaderas visiones. “Mira qué “parvá” de pollos. ¡Ay! Que se meten al agua. Madre (a mi tía Elisa la llamaba madre), no deje que los pollos se metan al agua”. Otras veces se afanaba en frotar con ahínco, creyendo que estaba lavando la ropa. Cada vez que pienso en la vejez siempre me viene a la cabeza la misma idea: no tenemos pollos, no lavamos a mano, no le echamos una “caldá” a la estufa, no guardamos el “ganao” ni nos pare la burra. Creo que una de las pocas frases que podré decir de senil será “la base de datos de virus ha sido actualizada”.