El blog de Elisa Bayo

La pajarería

Posted in Impulso by Elisa Bayo on 4 septiembre 2010

(Relato publicado en el nº4 de  la revista IMPULSO dedicado a la artesanía)

Las nautas despertaban con las primeras brisas de la mañana, cuando el artesano retiraba el tablón carcomido que dejaba al descubierto el pequeño ventanillo del techo. De los cuatro elementos de la Naturaleza, las nautas, o velas marinas, se alimentaban del aire sobre el agua. El artesano, un ebanista descendiente del pájaro carpintero de cabeza beige, había conseguido dos crías de ellas en el mercado de Alphorios, la aldea donde anualmente se intercambiaban todo tipo de aves extrañas llegadas de las bodegas milenarias o de los lagos más recónditos. Las otras velas, las iluminarias, comenzaban entonces el letargo diario escondiendo su cresta de fuego. No volverían a despertarse hasta la puesta de sol.

El ebanista apuraba los últimos días de verano en aquel cobertizo hogareño y destartalado, ordenando su colección viva de picos, patas y plumas, y asegurándose de que serían bien cuidados y utilizados una vez que él faltara y hubiera que continuar el vuelo. Aunque albergaba centenares de pájaros, no necesitaban de jaulas o cielos abiertos, tan sólo robustos cajones donde anidar y algunas cazuelitas de aceite para engrasar sus alas. Bien es verdad que otros requerían un poco más de atención, como el buril, un polluelo travieso que aparecía y desaparecía con suma facilidad. Para el artesano era uno de sus favoritos. De cuerpo cilíndrico, su largo pico terminado en esfera poseía una gran pericia.

Tras colocar el tablón sobre el ave más majestuosa de todas, el arcón de roble, descolgó la gancha de uvas secas recubierta por la trampa tejida por las arañas. Seguía estudiando cómo construir una mosquitera que igualara la eficacia de aquella red mortal. En los últimos meses la fatiga se había apoderado de sus ojos, mucho menos espabilados que en la juventud, y tampoco sus manos respondían con la misma destreza, por lo que cada vez le costaba más atrapar a los insectos.

Tres golpecitos tímidos en la puerta interrumpieron sus pensamientos. Era el aprendiz, el heredero de sus conocimientos y sus pájaros. Terminó de anudarse el mandil al vientre, acarició las nautas que flotaban plácidamente en el platillo de agua, y abrió la puerta. Era hora de empezar la instrucción.

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Una respuesta

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  1. rosi said, on 19 octubre 2010 at 17:49

    como siempre, auténtica elisa bayo.


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