El blog de Elisa Bayo

Shrek Español

Posted in Having a bath by Elisa Bayo on 27 abril 2009

“Érase una vez tres cerditos que pasaron a la Historia por comenzar con eso de la especulación inmobiliaria. ¿Es que no podían vivir los tres juntos en una pocilga como todo lechón de vecino gorrino? No, tuvieron que construirse una casa ¡¡y de ladrillo!! Si eso lo hacieron los cerdos, qué no iban a hacer los humanos…”

Así me imagino el comienzo de la película de Shrek si ésta estuviera inspirada en España. Como Gibraltar, el mundo en el que conviven todos los personajes de los cuentos también puede llegar a ser español.

Un factor detonante de la crisis fue el de la gallina de los huevos de oro. El problema residía en la avaricia del dueño. La metió en una nave industrial y le puso una bombilla a modo de interrogatorio de película de cine negro -o de la ley seca- y la pobre estuvo poniendo huevos a cada hora. Así se fue enriqueciendo el granjero codicioso hasta que la gallina no resistió más y se murió. Ése hombre debería haber sido juzgado por esclavitud, violación de los derechos de los animales y asesinato. Sin embargo, no sólo quedó impune sino que además se dedicó a vivir holgadamente con el dinero obtenido por la inversión en los complejos urbanísticos promovidos por los tres cerditos. Ahora ha desplomado el precio del oro y los lingotes de las reservas mundiales no valen nada más que como tacos para alzar la cama dependiendo si tienes mal la circulación de las piernas o roncas.

Otro que se la dio con queso a todos fue el ratoncito Pérez. “Mister Pérez” se hacía llamar. Hizo creer que poseía un valioso banco de dientes y que los ahorros de pequeños y grandes inversores pronto se transformarían en chorrocientos millones de euros. El príncipe azul refinanciació el castillo y Caperucita Roja depositó los aguilandos que le había dado la abuela. Incluso el flautista de Hamelin se dejó llevar por la locuacidad de Mister Pérez, que consiguió que ricos y pobres se tragaran el cuento.

Así quedaba olvidado el ejemplo de la clase trabajadora como los leprechauns, esos duendes de los bosques irlandeses que se dedican a la fabricación de zapatos. O mejor de los siete enanitos: compartían piso, eran muy trabajadores, ahorradores ¡y felices! Hasta que el dueño cerró la mina tras perder el dinero invertido en el complejo urbanístico de los tres cerditos. Total, que los siete enanitos, sin comerlo ni beberlo, a la cola del INEM “ahí voy, ahí voy, al paro a descansar…”. Para más desgracia, se quedaron sin ahorros al haber confiado en la rata tiñosa -antes Mister Pérez- que había desaparecido en las cloacas.

El hada -perdón, “ada” sin hache- tuvo que empeñar su varita. Es que resulta que la vida se puso tan cara que la impresión de las tarjetas de visita se cobraban por cantidad de letras impresas. Y como la ache no suena… El ada iba fatal de pasta (otra víctima del roedor). Por eso le encargó los zapatos de cristal al leprechaun inmigrante, porque cobraba barato. Sin embargo el duende, a pesar de que era muy mayor, no se quería jubilar porque no sabía qué iba a ocurrir con su pensión y lo de hacer zapatos cada vez le costaba más trabajo. No le salían dos iguales. De ahí que la Cenicienta perdiera uno la primera noche que conoció a su novio.

La recesión perjudicó gravemente al bolsillo de la realeza. Por norma, Cenicienta volvía a casa antes de las 12 de la noche. No es que se acabara el hechizo, es que no tenía más dinero para fiestas. Incluso ya viviendo con el príncipe, ella seguía limpiando el palacio porque la asignación mensual del reino no les daba para subcontratar a alguien de la empresa de limpieza. Su amado se encargaba de la cocina y la plancha. Se veía venir. El príncipe azul no tenía ni para ir al oculista. Con gafas se habría ahorrado el tener que ir de casa en casa oliendo los pies de todas las mozas en edad de merecer. La habría reconocido desde el primer momento. Y en lugar de azul, ahora se ponía rojo de la furia tras recibir el comunicado del juzgado en el que le avisaban de que lo iban a desahuciar porque no estaba al corriente de pago de la hipoteca de su castillo fortaleza con vistas al campo de batalla.

Mientras, Caperucita Roja se encontraba al borde de la desesperación porque aunque su abuelita debía ser amparada por la ley de dependencia el dinero no llegaba y la abuela necesitaba cuidados especializados después del trauma sufrido en el ataque del lobo. Para más Inri, Caperucita, que quería ser ingeniero de Montes, se quedó sin ir a la Universidad por lo de Mister Pérez, ya saben…

La que ni sentía ni padecía era la Bella Durmiente. Cien años roncando, con tacos de oro y soñando con su príncipe azul. Ya verán qué desilusión cuando se despierte, lo bese, y vea que le ha salido rana. ¿Serán felices y les quedará dinero para comprar perdices?

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Una respuesta

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  1. De segunda mano « El blog de Elisa Bayo said, on 29 diciembre 2009 at 8:30

    […] – “No volver a jugar al Monopoli”, por los cerditos y ratas de este país de las Maravillas de Alicia. […]


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